Relato – Hipótesis Fantástica

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Dos veces por semana, esperaba ansiosa a que las manecillas del reloj marcaran las cinco en punto de la tarde, hora de salir. Sabía que tenía exactamente veintitrés minutos para dejar su escritorio presentable, mirarse por última vez al espejo y a pasos apresurados cruzar por la portería, mostrar el carné de identificación, cruzar las bodegas,  los parqueaderos extensos de los almacenes, saludar al hombre que se encargaba de lavar y brillar los coches con una buena dosis de silicona, emprender una carrera olímpica, cruzar los dedos para no encontrarse con alguien que le detuviera el paso, subir las noventaiocho escaleras de la estación del metro, abrirse paso entre la multitud, pasar el tiquete por la registradora, respirar profundo, bajar nuevamente cuarenta y dos escaleras, y encontrarse con ese que hacía parte de sus sueños.

Sus miradas se fijaban a hurtadillas haciéndose imperceptibles, aparentemente parcas, aunque sus ojos brillaran como el sol. Y en ese preciso momento los dos sabían cómo ponerse ese antifaz con el que pretendían encubrir el deseo de cada encuentro, cita que con los días se había convertido en un ritual de cotidianidades embelesadas por lo intangible de sus cuerpos. No podían evitar rozarse a cada estrujón en esos vagones atestados de ojos anónimos y ajenos, en horas pico. El sentirse apeñuscados estaba a su favor, se aprovechaban de esa cercanía casi cómplice, para alimentar en silencio su propia utopía.

Una tarde, no muy lejos del día en que ella partiera, salieron de un vagón, bajaron las escaleras de la estación, caminaron dos cuadras, llegaron al coche que habían parqueado en la esquina de su casa, el momento de la despedida había llegado y bajo la mira de espías atrevidos, de vecinos indiscretos, de sombras que se traslucían detrás de las cortinas, ella no aguantó más, sabía que debía hacerlo, no había mucho que perder y decidió despojarse de su máscara y jugarse la última carta que le quedaba.

Los primeros segundos los dedicó a respirar, a reparar la falta de oxigeno provocada por el anhelo, los siguientes segundos a comentar el sofoco de le producía el triunfo de la noche y la humedad en el aire, se reían de la suerte que tuvieron al llegar antes de que cayera esa tormenta ya anunciada por nubes grises, casi carbón, incluso llegaron a describir la sensación producida por el sudor deslizándose suavemente por la piel a la vez que se iba adhiriendo a las fibras del algodón. Las palabras estaban llenas de intimidad.

¿Qué pasaría si lo dijera en este momento casi perfecto? – pensó ella.
Los tiquetes ya estaban comprados y sabía que no estaba planeado el regreso, la saliva llenaba su garganta, las palabras torpemente se le iban atorando en la boca y mientras él enriquecía la noche contando historias fantásticas, la mente de ella se había convertido en un campo de  batalla y de formulaciones.

–       ¡Me encantas!– dijo ella intempestivamente, como si un sapo hubiera saltado de su boca precipitadamente. Los dos quedaron atónitos.
–       ¡Te la cagaste! – respondió él, abrió la puerta del coche y sin decir más, encendió el motor y se marchó.

En menos de un segundo, saltaron al vacio, esas cinco palabras fueron deshojadas a solas como se deshoja a una margarita, su corazones retumbaban tan fuerte, que hasta los vecinos indiscretos eran capaces de escucharlo, sintiendo pena por ellos, se avergonzaron, se llenaron de lastima, no se atrevían a husmear mas, cerraron las cortinas, apagaron las luces,  dejándolos a cada uno por su lado, con su conciencia y en silencio.

 

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