Amor y tragedia

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“Aquí pondré mi descanso eterno y sacudiré el yugo de las estrellas infinitas quitándolo de esta carne harta del mundo. ¡Ojos mirad por última vez! ¡Brazos dad vuestro último abrazo! ¡Y vosotros, labios, puertas del aliento, sellad con legítimo beso una concesión sin término a la muerte rapaz!”  (William Shakespeare)

Desde hace varios meses atrás habíamos planeado el profesor de música y yo ir a un concierto de la sinfónica con un grupo de alumnos (léase cien alumnos de catorce años), música clásica que para muchos de ellos puede parecer tan extraña como aburrida y anticuada… mientras yo, vibro con esa aburrición y me lleno de aire hasta el punto de querer volar.

Viendo la programación para la primavera, el profesor de música escogió lo que sería más interesante y apropiado para el curso, se dió cuenta que estaba invitado un pianista, casi de los mejores Staffan Scheja, quien tocaría el concierto para piano No 4 de Beethoven, adicional a eso lo invitaron para que diera una conferencia el día anterior al concierto, conferencia la cual me perdí, pero bueno que le vamos a hacer, luego me imaginé que tocaria algo de Chopin.

Ese martes esperado llegó, y para mi sorpresa, en el programa estaba incluido un drama de amor y  tragedia, ese que se mimetiza convirtiéndose en sangre y oxigeno. La segunda parte del concierto, Romeo y Julieta de Prokofiev, fascinante, simplemente fascinante, aunque desafortunadamente y como no todo puede ser perfecto, cada movimiento fue interrumpido con comentarios del director de orquesta. Una completa decepción… amor y tragedia

Romeo y Julieta, una historia de amor imposible, jóvenes enamorados que,
a pesar de la oposición de sus familias, rivales entre sí,
deciden luchar por su amor hasta el punto de casarse de forma clandestina;
sin embargo, la presión de esa rivalidad y una serie de fatalidades
conducen al suicidio de los dos amantes.

Y el amor… ¿qué es el amor? si el amor es tan diverso, tan constante como volátil, tan variable como fijo…

Desde hacía muchos años atrás Nacho y yo habíamos elaborado nuestro propio manifiesto del amor.
Sabíamos que cada persona llenaba diferentes espacios y a esos espacios les ofrecíamos toda nuestra fidelidad…
Cada espacio se convertía en una secta… un ritual… y cada instante se volvería el más importante y más sagrado, y lo celábamos con cuerpo, mente y alma. Nos convertíamos en los seres más intensos y más fieles, al igual que los más infieles.
A esos espacios les pertenece nuestro todo, son dueños de todo lo que más podemos dar, convirtiéndonos para los ojos de muchos, en seres inatrapables, seres efímeros, seres libres, nómadas del tiempo y del espacio… camaleones del amor.

Encontramos seres que nos fascinan y nos encantamos con sus flautas, nos transformamos con  sus musas… les damos el don del los deseos, y nos entregamos a ellos muy sutil e imperceptiblemente. No nos es difícil endiosar lo que se nos es complicado, convirtiéndolo en lo más delicioso y platónico de los sentimientos.

En nuestro manifiesto habíamos divido nuestra existencia en el triangulo de nuestra efímera eternidad… mente, cuerpo y alma.

Y este manifiesto seguía tomando más y más fuerza, y poco a poco nos fuimos convirtiendo en ortodoxos militantes, defensores de nuestro credo.

Si quieres escuchar un poco de Romeo y Julieta, este movimiento es uno de los que mas me gustan…

Romeo and Juliet: Masked Dance

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